Harta de un mundo que no la comprendía, Daisy decidió recluirse en un convento de Clarisas, pasando a ser conocida por Sor Da.
Con demasiado tiempo libre como Clarisa, le dio por interesarse por las actividades de un monasterio vecino, el de la “Santísima placidez del Divino”.
Pidió una excedencia y se puso a trabajar plasmando en papel las enseñanzas del padre Dan, el encargado de propagar las excelencias del Divino, y del padre Páez, su profeta. Junto a ella, Sor Bete, una dicharachera monjita joven, estilizada y rubia, que contrastaba cruelmente con nuestra Sor Da y que se había unido a la aventura.
Más tarde, llegaron al convento otros eruditos de la palabra: el padre Ignotus, un hombre que hacía años que buscaba su camino entre las escrituras; el padre Salvá, poseedor de la gracia divina; Sor Tilegio, desesperada buscadora del conocimiento y algunos otros, recién llegados a la fe.
Pasaron los meses y Sor Da gozaba trabajando codo con codo al lado de Sor Bete, ya que le encantaba su caligrafía; tanto que, un buen día, sin apenas darse cuenta, la pluma de Sor Da resiguió las pautas que trazaba la de Sor Bete, de modo que los dos manuscritos finales parecían dos gotas de agua. Sor Bete, sorprendida, se lo hizo notar.
¡Que pecado de orgullo el de Sor Bete! ¿Acaso no era inevitable que coincidieran muchas frases al tratar temas tan parecidos?
Pero la gota que colmó el vaso fue cuando el mismísimo Divino se apareció un instante en el monasterio, reclamando al padre Dan una selección de los mejores trabajos. Éste, sin vacilar, tomó dos de Sor Bete, y a la Clarisa le dijo que escogiera uno de los suyos que estuviera bien, en agradecimiento por haberles ayudado.
Sor Da arqueó una ceja y le exigió que escogiera él su trabajo de más calidad, mientras esperaba en vano a que Sor Bete la defendiera. Aunque sólo le insistió dos escasas horas, el padre Dan terminó por castigarla con voto de silencio.
Comprendió entonces que aquellos dos habían caído en pecado mortal de orgullo y autosatisfacción: él, un imberbe que se creía un maestro; ella, por no gritar a los cuatro vientos que el trabajo de Sor Da era exactamente igual de bueno que el suyo.
Como era su deber, los denunció a voz en grito a todo miembro de la congregación que tuviera oídos, sin que le importara el peso de la sanción que les pudiera caer por ello. Sor Bete empezó a notar que cada vez que intentaba hablar con Sor Da, se sorprendía saludando a una espalda. Los que antes la pedían consejo, ahora la rehuían.
Nuestra Clarisa olvidó a su “amiga” y, asqueada, buscó el conocimiento del padre Ignotus; pero éste, concentrado en su trabajo, no siempre estaba disponible cuando ella le requería, lo que le costó ser el siguiente en acabar con los huesos en el saco de los malditos y supuso el descabello definitivo a la obra común de los eruditos, donde ahora ella se sentía “enjaulada”.
Por suerte para ella, Sor Tilegio estaba libre de pecado, ya que sus crisis de fe no la hacían sentirse digna, a pesar de sus buenos trabajos. El padre Salvá prometía, pero era un principiante, y muy tímido, al que siempre terminaban sacándole los colores. El regordete padre Juan estaba muy verde; pero, al menos, lo reconocía. A aquel infeliz, ansioso de aprender y de colaborar, se le podía engatusar para que protestara ante los eruditos, sin que estos se molestaran con ella.
Transcurrieron los meses y Sor Da pasaba cada vez más tiempo en su sitio de trabajo, escribiendo cada vez menos; quedaban ya pocos miembros de la congregación fuera de su saco maldito, por lo que cada vez aceptaba menos consejos. Así, sus trabajos fueron decayendo poco a poco, hasta que incluso se alegró al enterarse de que una de sus recetas de pastelitos la había dejado la número 53 entre otros muchos pasteleros.
Pero las críticas más benevolentes la llegaban más adentro: agua de mayo con la que regar la flor de su secreto, su alma, que fue haciéndose cada vez más y más grande; llegó el momento en que la pluma ya no la satisfacía, entre otras cosas, porque había menguado tras tanto roce.
Un buen día, el padre Juan paseaba admirando el trabajo de todo el mundo, hasta que llegó al sitio de Sor Da. Asombrado, la descubrió mientras ésta estaba dando un uso indebido a su pluma: aquello era una orgía de autosatisfacción, con la caliente y húmeda punta de su pluma yendo y viniendo, pum, pum… pum, pum… de una forma rítmica e hipnotizante. El padre Juan, escandalizado, intentó hacerla volver a la luz, pero la Clarisa sólo vio otro bicho infecto de egoísmo, por lo que el cura cayó, sin saberlo, en el saco más poblado al este del Besòs.
El pobre hombre quedó aún más anonadado ante las críticas que Sor Da había clavado en la espalda del mismísimo profeta Páez, cuestionándole sus estudios sobre el hombre y el mal, vociferando que estaba traicionado a las escrituras y que estaba acabado; todo esto en sus barbas, cuando éste estaba en su propio púlpito. Él, antiguo seguidor de la Clarisa, no pareció querer darle importancia. Siempre insatisfecha, Sor Da volvió a la carga desde un rincón de su convento, organizando una campaña en contra de tan santo varón; pero, por supuesto, nadie la hizo el menor caso. Sólo el bendito del padre Juan intentó hacerla entrar en razón, pero sus misivas fueron devueltas sin contestar.
Al día siguiente, cuando el entristecido clérigo se disponía a comentar con Sor Tilegio el último incunable de ésta, Sor Da apareció de la nada, interponiéndose entre ambos y, tras arrancar el libro de las manos del clérigo, se lo cerró en las narices mientras le gritaba, ante todo el claustro, que por qué iba emitiendo juicios, él, que no era más que un patético ignorante inflado que pretendía darse aires de maestro.
La paciencia del padre Juan se puso a prueba una vez más; pero, esta vez, se dio cuenta que su buen talante se estaba confundiendo con estupidez y, ya harto de que cuando a la Clarisa le diera un berrinche lo tuvieran que pagar sus generosos carrillos, creyó que debía responder ante una falta de respeto tan intolerable e injusta.
En vez de recurrir al Belenestabanismo existencial, decidió darle un amistoso pescozón:
Reescribiría lo sucedido, pero como una parábola, por si ella misma se daba cuenta de lo que había estado haciendo últimamente y lo hondo que era el hoyo en el que se estaba internando.
Así pues, sin poder reprimir una pizca de malicia, el padre Juan limpió su gruesa pluma en un trozo de papel y comenzó a escribir:
“Harta de un mundo que no la comprendía, Daisy decidió recluirse en un convento de Clarisas, pasando a ser conocida por Sor Da”.
Post Scriptum:
Al día siguiente, como por sortilegio, el padre Juan se encontró con que Sor Da se había encerrado en su rincón del convento con la única que la hacia caso.
Comprendió que Sor Tilegio, ya bastante inestable, había caído bajo el veneno que destilaba su ahora compañera y que, tarde o temprano, aquellos dos espíritus ahora tan afines se enseñarían las uñas, terminando por refugiarse, solas, en los más profundos y negros pozos, allá donde nadie pudiera ver sus heridas.
El padre Juan suspiró. ¿Qué podía hacer ya? Tras hablar con el resto de la congregación, se enteró de bastantes más desmanes, por lo que pensó que, puestos a sembrar, había terrenos mucho más aptos.
Joan Villora Jofré


¡¡Vaya como está el convento!! Muy bien escogidos los nombres, me ha hecho gracia. La verdad es que no sé si he entendido del todo el mensaje, me ha dado bastante que pensar, ¿la culpa de ser así es sólo de Sor Da o ha tenido algo que ver el hecho de que no se reconociera su trabajo?
ResponderSuprimirUn saludo,
Hola, Sonia: gracias por tu visita.
ResponderSuprimirPues sí que está algo "chungo" el convento.
Quizás todos tengan un poco de culpa, pero Sor Da acumula ella sola el 80%, por lo menos.
Saludos
Entre las líneas surrelistas de tu entrada sospecho que hay un mensaje oculto que me resulta imposible descifrar. El convento está algo revuelto, el buen entendedor que lo descifre, buen entendedor será.
ResponderSuprimirPues sí, cada frase va con segundas y hasta con terceras.
ResponderSuprimirComo ya habréis adivinado, es un texto protesta ante las actitudes bastante incívicas de algún “bloggero/a” escritor/a. En su momento se lo envié únicamente al personaje en cuestión, como un tirón de orejas, pero como lo ignoró y, ¡que narices!, el texto era divertido, pues lo he puesto.
Y sí, hay gente que entiende más el mensaje que otra, pero creo que a pocas vueltas que le deis, os haréis una idea bastante aproximada de qué paso. Es bastante literal.
Diré que esta entrada está bastante comentada, pero directamente en mi mail y, lo siento, pero no puedo explicar más sin herir a terceros que no se lo merecen.
Cada cual saque sus conclusiones.