sábado, 16 de marzo de 2013

La fuente




Salvador Jofré Raventós, mi protagonista, mi abuelo, con 21 años

Cuarenta y seis años después, me decido a escribir sobre aquel turno de noche del 16 de Marzo del 38. Veintisiete años tenía. Mis hermanos, Joan y Pere, se habían enrolado en el Ejército, pero la industria de guerra republicana no quiso desprenderse de mí, uno de sus mejores torneros mecánicos; así que me quedé atrás, para fabricar piezas de bombas y cuidar de un padre jubilado y enfermo. El taller metalúrgico estaba cerca de la Plaza de España, en Barcelona. Aquel miércoles, sus naves también rebosaban del rumor incesante de las hileras de tornos. Yo era uno más de los hombres enfundados en batas azules que se inclinaban sobre ellos, las manos encallecidas sobre ruedas y palancas, percibiendo la fricción del cabezal de fresado contra la pieza a la que daba forma. Acababa de comenzar el turno de las diez, y ya había desconectado el motor eléctrico de la máquina para sacar el cono truncado de una nueva espoleta de tipo “Entero”, usadas en bombas de aviación. Por eso me ganaba mis buenas diez pesetas de jornal.

Mientras soplaba las virutas rizadas del aluminio sobrante, miré al fondo del taller, donde trabajaba Julián "el Andaluz", cada día más mayor y encorvado. Ya lo era el día que le pedí trabajo y, con su marcado acento sevillano, me preguntó:«¿Pero sabes lo que es un torno, xavá?». Yo negué con la cabeza. «¿Ves este grifo? Recién traío de la fundición y ya le he hecho los agujeros y la rosca, sólo queda pulirlo». «Aprendo rápido», respondí. «Pues ponte aquí, a mi lao. A ver si es verdá».

Todos le teníamos afecto; hasta los jefes. El martes se presentó con un nuevo aprendiz con cara de niño; no recuerdo su nombre. Julián le narró mis supuestas hazañas como bailarín. «A Salvador no le faltan muhere: las madres le traen a sus hijas para que las enseñe» Me tenía que haber mordido la lengua, pero dije la verdad: que ya fuera en el baile o en la cola del pan, las mujeres nos mirarían de reojo, sí; pero preguntándose por qué unos chicos tan sanos no acompañaban a sus hijos en el frente.

―Nieto, vete a dejar tus cosas en la taquilla. Ahora voy.

La voz de Julián sonó tensa. Esperó a que el chico se alejara, antes de volverse hacia mí.

―Hay que joerse, Jofré. Ni quinse años tiene; no vuelvas a mentarle el ir al frente.

Sólo atiné a callarme. Pensé que ya me disculparía con él. Más tarde.

Pero comenzaron los aullidos de las sirenas antiaéreas. Aunque la Junta de Defensa Pasiva dejó la ciudad a oscuras, la puñetera luna estaba en su pleno, descubriéndonos ante nuestros enemigos. Vi las brillantes alas de los trimotores italianos a través de un ventanal: Savoia-Marchetti S.M.81 “Pipistrello” (murciélago), procedentes de sus bases en Mallorca. Su zumbido furioso ponía la piel de gallina. De pronto escuché un silbido muy agudo y salí despedido por los aires, envuelto en un estruendo que me ensordeció. Aquella primera bomba salvó mi vida: volé hasta los pies del torno frente al que trabajaba y, aunque el golpe casi me dejó inconsciente, quedé rodeado por las gruesas placas de acero que eran la base de la máquina. Aferrándolas, me encogí y me apreté contra el suelo, aterrado. Sólo oía silbidos. Cada impacto proyectó restos de paredes, puertas y ventanas, que pasaban por encima de mí o se estrellaban contra el bendito torno. Tras el séptimo, se hizo el silencio. Pensé que, después de todo, moriría por la polvareda que me rodeaba abrasándome los pulmones. Comencé a oír gritos de angustia y mi propia tos incontrolada. Con gran dificultad, salí de debajo del torno. Buena parte del techo había desaparecido. La luna se asomaba al interior del taller, reflejándose sobre las máquinas más pesadas, las únicas que permanecían en su sitio. Me avergüenza confesar que, cuando distinguí dónde quedaban las salidas, huí a toda prisa, sin pensar en nada más.

La calle estaba destrozada, sembrada de cadáveres: civiles que huían de sus casas y no llegaron a los refugios. Sus restos yacían entre socavones, cubiertos de tierra y trozos de adoquines. Los supervivientes no atinábamos a hacer nada. Nos sacaron de nuestro aturdimiento las sirenas de dos ambulancias, acompañadas de varios camiones con soldados.

―¿Estáis heridos?―nos preguntó el que los comandaba, con voz autoritaria.

Reconocí su divisa con dos galones dorados bajo una estrella roja.

―No, mi teniente ―respondí, inseguro.

―¡Pues moveos! Llevad a los heridos a las ambulancias. Los muertos, a los camiones. Vamos, recógela.

Me señaló un pequeño abrigo tirado en el suelo. Un líquido oscuro surgía por debajo de él. ¿Era una niña? No quise darle la vuelta. Su piel parecía intacta, pero cuando alcé aquel liviano cuerpecillo por la cintura, se dobló como un muñeco de trapo al que le hubieran cosido cabellos rubios. La onda expansiva lo había deshecho por dentro; para cuando escuché que goteaba, las salpicaduras ya penetraban las perneras de mis pantalones. Olí a sangre. Horrorizado, aparté de mí el cuerpo y, tratando de no resbalar, lo llevé al camión.

Los gritos del nieto de Julián me hicieron mirar hacia las puertas del taller. Aliviado, vi que salía con su abuelo echado a la espalda. Pero el joven rechazaba toda ayuda. Comprendí el porqué, cuando le redujeron y vi cómo el escuálido cuerpo de Julián era subido a uno de los camiones.

Manos, pies, cadáveres enteros; parecía que llevábamos una hora recogiendo restos, pero no eran ni las diez y media cuando volvieron a sorprendernos las sirenas antiaéreas. El teniente nos ordenó que corriéramos a los refugios, pero todos ansiábamos regresar a casa. No volvieron a dar la luz: cuando el último camión se marchó, abandonándonos en aquel mundo en blanco y negro bajo la luna, nada funcionaba; no nos quedó otra que andar. Confundidos y sucios, comenzamos a dispersarnos sin cruzar nuestras miradas, en un mutismo sólo quebrado por algunos sollozos, entre ellos los míos. Mi casa quedaba cerca del Ayuntamiento de Hospitalet. Un buen trecho, sin más compañía que el resonar de mis pasos y las imágenes terribles que me bullían en la cabeza; y la luna, que volvía a ser amiga y me mostraba el camino entre los descampados. Al menos no hacía el frío del pasado enero, cuando las nevadas.

Estaba tan cansado. A medio camino, encontré una fuente pública y me senté, incapaz de dar un paso más. Estuve a punto de manchar su pulsador con las manos; en vez de eso, apoyé el codo en el botón y las introduje bajo el chorro helado, frotándolas con ansia. Dejé que el agua fluyera sobre ellas, sobre los puños de la bata, sobre las perneras y los zapatos, antes de echármela a la cara. Entonces lo reconocí: aquel grifo era uno de los primeros trabajos que realicé. Pasé las doloridas yemas de los dedos por su latón envejecido. «Así notarás si queda algún filo, aunque no puedas verlo», me había confiado Julián, años atrás. «Bien, Salvador. Bonita pieza» y el recuerdo de su mano en mi hombro fue tan vivo que, sobresaltado, me levanté y miré detrás de mí, al horizonte enrojecido por los ataques, donde las bombas eran truenos lejanos. Pensé en papá. Antes de irme, no pude evitar que mis dedos volvieran a recorrer el contorno de aquella fuente. Tan simple. Tan útil.

Muy bonita, en verdad.

Joan Villora Jofré.


Este relato se basa en el que realizó mi abuelo en el año 1984. Y participa en la iniciativa del Laboratori de Lletres de hacer siete relatos para conmemorar los bombardeos masivos en Barcelona que tuvieron lugar los días 16, 17 y 18 de marzo del año 1938. Aquí tenéis el enlace al relato en el Blog. No os dejéis por leer el resto de relatos, son muy buenos.

Noche de luna llena


Este relato lo escribió mi abuelo en 1984, y habla sobre lo que le sucedió la noche que bombardearon su fábrica en Barcelona. Lo transcribo tal cual al castellano, teniendo en cuenta que mi abuelo no pudo aprender a escribir en catalán, y usaba una extraña mezcolanza con el castellano a la hora de escribir.

A partir de este texto, he escrito otro para conmemorar el 75 aniversario de los bombardeos por saturación de Barcelona, que tuvieron lugar en 1938 y que dedico a mi abuelo, por supuesto.


Salvador Jofré Raventós, a los 21 años


Noche de luna llena, por Salvador Jofré Raventós

Cuando comenzó la locura de nuestra guerra entre hermanos, yo trabajaba en un taller de metalurgia en Barcelona. Por orden del gobierno republicano, nos declararon industria de guerra; teniendo en cuenta mi trabajo de tornero mecánico, no quisieron que fuera al frente,  cosa que a mí me molestaba porque veía como se llevaban a toda la juventud, y porque las pobres madres me miraban de reojo. Mi madre hacia poco que se había muerto;  quedaba mi padre jubilado y enfermo. Mis hermanos Joan y Pere ya se habían enrolado en el ejército, por lo tanto yo me quedaba trabajando y cuidando de mi padre.

Comenzaron los bombardeos y comenzó el miedo en la población y las sirenas con sus aullidos nos hacían dejar el trabajo y correr hacia los refugios. Como en el taller hacíamos tres turnos, un día que me tocaba por la noche la aviación germánica hizo su aparición. Nueve aviones en formación de a tres. Su ronroneo de abejorro ponía la piel de gallina. Toda Barcelona quedó a oscuras, pero eso sí, la noche era muy clara, porque la puñetera luna estaba en su pleno, dando un resplandor que blanqueando la ciudad favorecía a los alemanes a escupir las bombas con precisión, destrozando casas y talleres, matando sin piedad.

La mala suerte hizo que acertaran al taller: siete bombas cayeron sobre las naves, matando a dos patrones y tres obreros, dejando un buen número de heridos. La explosión de la primera bomba me lanzó bajo el torno frente al que trabajaba. Quizás esto me salvó, porque las otras iban cayendo y todo volaba, arrancando puertas y ventanas y levantando una polvareda que nos ahogaba, mezclada con los gritos de los heridos, muchos de ellos con miembros destrozados. Los que quedamos ilesos salimos a la calle a respirar y otra visión de terror nos esperaba: con la alarma y al salir la gente a la calle para ir al refugio fueron sorprendidos y las bombas hicieron una carnicería.

Poco después se presentaron unos camiones y dos ambulancias y un teniente y cuatro soldados. Nosotros estábamos atontados, caminando sin ganas sin atinar a hacer nada. Pero el teniente se dirigió a nosotros y con voz autoritaria nos ordenó que recogiéramos a los heridos y los pusiéramos en las ambulancias y los muertos, unos enteros y muchos a trozos, a los camiones.

Una vez se hubieron alejado los aviones asesinos me fui hacia casa. El bombardeo había sido tan fuerte que no volvieron a dar la luz, debido principalmente a los grandes destrozos en primer lugar en las eléctricas. El taller estaba cerca de la Plaza de España; hasta Hospitalet hay un buen trozo, pero como no funcionaba nada, opté por dirigirme a la Bordeta y hasta San José, o sea, a mi casa.

Mientras caminaba pensaba en todo lo que había pasado y lo que mis ojos habían visto con horror y cuanto había tenido que tirar al camión, algunos muertos. Y lo más fuerte era una niña destrozada y todavía apretando entre sus bracitos a una muñeca preciosa pero también destrozada. Pensando todo esto, sentía como las lágrimas me corrían cara abajo y al mismo tiempo me enturbiaban los ojos. A medio camino me encontré una fuente, y me senté con las manos llenas de sangre seca. Y la americana toda manchada de lo mismo, de la sangre de personas inocentes de la maldad de los hombres.

Cuando llegué a casa mi padre me esperaba despierto:

«Pues… ¿Qué ha pasado?»
«Mucho, padre; pero vaya a dormir, que yo no tengo ánimo para hablar. Mañana ya le explicaré»
«Hasta mañana, hijo. » Y se volvió a la cama.

Yo sabía que no podría dormir, debido a mi estado de ánimo y salí al patio. Y al alzar la cabeza vi la luna completamente llena, con gran resplandor. No sé qué me pasó: pero al mirarla me pareció que las manchas normales eran ojos, nariz y boca y me pareció que sonreía burlona.

Y por un instinto desconocido, hice algo que no había hecho nunca, ni creo hacerlo nunca más: levante el brazo y cerré el puño, amenazándola y diciendo: «Maldita luna. ¿Por qué has salido, es que no te podías esconder? »
Fin

                                                     Salvador Jofré Raventós (Poco después del 17 de Julio de 1984)


domingo, 15 de agosto de 2010

Menos mal que el pez no nadaba...

Ante todo, disculpad mi falta de asistencia por estos lares; no estoy ocioso, estoy escribiendo una novela de ciencia-ficción bastante complejilla y el poco tiempo del que dispongo se lo dedico a ella.

Mientras tanto, un compañero mío ha publicado un interesante libro de relatos, bajo el título de “El pez que no nadaba y otros relatos”.

“El pez que no nadaba”, se llama “Colorines”, que le ha quedado como mote a su autor por siempre (no haberlo escrito, Mariano).

En el primer ejercicio que hicimos de escritura creativa, a él le tocó hacer un relato que tuviera que ver con un pez que no nadaba; a la semana siguiente llega el hombre y nos sorprende con esta joya:

El pez que no nadaba

Colorines era un pez que no nadaba. Pero, no porque no supiera, sino porque no le salía de las aletas.

Su vida acababa de cambiar de forma radical e inesperada y había decidido que no valía la pena volver a nadar ahora que volvía a estar solo.

Hasta hacía poco no había tenido mucha suerte en la vida y cuando conoció a su novia creyó que la suerte le había cambiado para siempre. Se convenció, ingenuo, de que ya había sufrido suficiente y que por fin le tocaba ser feliz. Como si la felicidad se comprara con un boleto de lotería y te pudiera tocar así como así. Por eso, cuando su novia le dejó en el que él creía era su mejor momento, la nueva vida que había empezado a construir en su mente se le desmoronó en un instante.

Alguien le había dicho una vez que los peces no tienen sentimientos porque son animales de sangre fría, pero eso, no se lo dijo un pez.

Por supuesto que Colorines sufrió cuando su novia se enamoró a primera vista de un emperador azul. Sin duda, su nombre y su aspecto fueron los que la hicieron quedarse prendada del nuevo visitante y dejar de lado a su amado.

–No puedo seguir contigo, no es culpa tuya, pero ya no te quiero –le dijo.
Lo que no sabía la novia de Colorines y, por desgracia, no llegaría a saber nunca el propio Colorines, es que el pez no era Emperador de nada, ni siquiera de aquel rincón de la pecera a la que se fueron a vivir al poco tiempo. Y, aunque era cierto que era azul, nunca llegó a ser el príncipe azul con el que la novia de Colorines había soñado; porque lo que ella no sabía, pero Colorines sí, es que los príncipes azules destiñen, sobre todo cuando están en remojo. Y eso, tampoco se lo contó otro pez.

Colorines vivió durante un tiempo con la esperanza del retorno de su amada, convencido de ser capaz de un perdón inmediato. Pero eso nunca llegó. Ya había pasado demasiado tiempo y se tuvo que hacer a la idea de que la había perdido para siempre. En ese preciso instante fue cuando decidió que no valía la pena seguir nadando.

Conocía las más que previsibles consecuencias: deterioro físico y mental y, en poco tiempo, la muerte. Se cumpliría aquello que le dijeron en una ocasión: “La vida en la pecera es como cualquier otra: la gente entra y se muere”.

Pero no os pongáis tristes ni os preocupéis por Colorines. Por suerte, los peces tienen una memoria de cinco minutos y los últimos cinco minutos estaban a punto de cumplirse.

Ya casi había olvidado que su novia le había abandonado hacía apenas cuatro minutos y casi no recordaba haber tenido novia. Ya no importaba. Lo realmente importante era que en unos segundos miraría de nuevo al futuro, sus próximos cinco minutos, y empezaría una nueva vida. O, al menos, una parte de esa nueva vida servida en raciones de cinco minutos.

Así que, de repente, como movido por un resorte, Colorines se puso en marcha y empezó de nuevo a dar vueltas en su pecera. Volvía a nadar y eso le hacía lo suficientemente feliz como para sobrevivir todos los cinco minutos más que hicieran falta, totalmente ajeno a lo que le había sucedido.

–¡Quién fuera pez! –le dijo alguien que no creía en los príncipes azules, pero sí en los sentimientos.

FIN

En poco más de una página, nos hizo reír, casi llorar y consiguió que guardáramos por siempre un hermoso recuerdo de… ¡un pez!

Los otros alumnos, incluyendo al profesor y a mí, nos levantamos y comenzamos a aplaudirle de forma espontánea, no era para menos.

Mariano “Colorines” Salvadó, tiene relatos publicados en la Antología “Cuento atrás” de la editorial Hijos del Hule, publicada en 2009, también publicó un relato en el número 4 de la revista Culturalia de octubre del mismo año. En abril ganó el IX Concurso de Microrelatos de la Biblioteca del Carmel de Barcelona, con el relato “A Juan Marsé” que también encontraréis en el libro.

Parece que este año también aparecerá algún relato suyo en la Antología de la editorial Hijos del Hule.

Para no nadar, hay que ver lo lejos que ha llegado.

Podéis conseguir el libro con sus diecisiete mejores relatos en la librería en línea “edifree”

La portada del libro, por cierto, es de Carlos Navarro, otro compañero de estudio y dibujante profesional. Aquí podéis acceder a su blog y pulsando sobre la imagen la veréis en detalle.