sábado, 14 de noviembre de 2009

Mi impactante suerte del pasado viernes trece

Los viernes 13 tienen un “nosequé” especial. Siempre me traen buena suerte.

En España, el supuesto día funesto es el martes 13, pero para el resto del mundo se supone que es el viernes 13 el realmente malo.

El número 13 tiene mala fama, pero en verdad es un número de cambio. Claro, si estás perfecto y llega un cambio, malo. Pero ¿quién es perfecto?

Si no, fijaos: ese día por la mañana perdí mi tren y conocí a dos chicas muy simpáticas y guapas que también están metidas en el mundillo de la escritura, en vez de ver a los zumbados que me suelo encontrar.

Al volver del trabajo, me voy a Gràcia para comer algo en un bar de la plaza de la virreina antes de mi clase de novela y me encuentro a Lluc, el dueño del “Aula de Escritores”, que me pregunta si conozco a un tal “Joan Vil.lora”.

“Un poco, si en verdad se llama Villora”

El caso es que el diario “l’independent de Gràcia”, un diario semanal del barrio de Gràcia de Barcelona (España), tuvo a bien publicarme un microrelato, cuando ya ni me acordaba de haberlo enviado.

Aquí está el pdf del diario, publicado ese mismo viernes 13 de noviembre de 2009, el relato, encima, habla de la mala suerte. Hum… quizá por eso lo han escogido adrede o inconscientemente (estoy en la página 12 del diario, que coincide con la 16 del pdf)

Imaginad, yo elegido para estar en la sección de cultura. Que fuerte, que fuerte. Y mis padres no han podido verlo.

Aquí tenéis también la noticia en zona de prensa del "Aula de Escritores".

A ver, la historia es sencilla y simple, ya la pensé para que no se tuvieran que romper la cabeza, aunque tiene su gracia y giro inesperado (nunca mejor dicho).

Y aquí tenéis el relato en castellano, ya que el diario es en catalán. Gracias a Lluc por traducirlo, soy muy torpe en las letras catalanas escritas.


Mi impactante suerte

Recuerdo la única vez que reproché a mi padre la pobreza de nuestra antaño noble casa; él me miró con tristeza, diciendo que la familia Louboutin siempre había estado a merced de la suerte; yo, Christian, le respondí airado que forjaría la mía.

Era un joven ágil y fuerte, así que juzgué conveniente servir a un gran maestro de esgrima y mejor jinete, a cambio de aprender su arte; años después, cuando destaqué por mis proezas entre las filas de nuestro ejército y la propia reina me reclamó, elegí con el máximo cuidado traje, peluca y un gran sable de gala, presentándome, orgulloso, ante la corte de Versalles.

Al llegar a los jardines del palacio, Luis XIV, con los ojos vendados, jugaba a la gallina ciega corriendo tras sus cortesanos. La reina me miró y yo la sonreí, dedicándole mi más profunda reverencia, de tal guisa, que el extremo de la vaina de mi sable tuvo a bien ascender trazando un arco, deteniéndose abruptamente en las más nobles partes de mi dolorido rey.


Joan

sábado, 7 de noviembre de 2009

Tras el "Cuento Atrás", un despegue sin problemas


Bueno, aunque parece mentira, el libro “Cuento Atrás” despegó sin problemas.

Buenísimo, pusieron las pilas de "Cuentosatrases" al lado del último bodrio de Dan Brown, como podréis ver en la foto del coleguita Zero (Andrew) Kelvin. Que suerte tuvo el novato ese (Dan Brown, ¿Eh?). Espero que nos llevemos mejores críticas, que no será demasiado difícil.

Los que tenían que leer leyeron sin que les temblara (mucho) la voz. Estaban demasiado cagados para que se les escapara la risa tonta, y que la luz del proyector les cegase ayudó a que no vieran demasiado al público.

Las últimas modificaciones del monólogo, que al final paso a ser una lectura de labios de Oscar Tomé Vilariño (con más voz de locutor que yo, fijo), tuvieron un exitazo escandaloso de risas y aplausos varios, en los que suspiré de alivio al ver que las paridas que eran mías también arrancaban alguna risa (anda que si no llega a ser así), y no desmerecían (demasiado) a las de Oscar, que tiene fama merecida de comediante.

Aunque me tocó las narices que después de modificar el monólogo mil veces, para no ser “incorrecto” en el Corte Inglés, el texto acabara lleno de pajilleros, psiquiatras gays pedófilos, lápices que no eran lápices, felaciones, cabrones… ¿Y mi primera versión era incorrecta por decir “… mi primer crítico y un gran hijo de puta”? ¡Manda Webos! En fin…

Me harté de acumular firmas en los relatos de mi libro. Está garabateado por todas partes. Una ligera incomodidad para los otros autores, pero una pasta para mí si alguno se hace famoso.

Veréis que el gordo con jersey a rayas que sale en medio de las fotos de la presentación, enseñando el libro como un gilipollas, imbuido todavía en el espíritu “Family Guy” era yo (como no), a ver… si llevaba el libro en la mano para que me lo firmaran, ¡pues que se vea, joder!

Aunque tengo que perder unos veinte kilos antes de dejar que me hagan más fotos.

Como dicen en mi tierra “Mare de Déu Senyor” que es más o menos “¡La virgen! ¡Diooossss!”

Bueno, a ver si preparo la presentación de “La llamada de la aventura” para novela y me puedo dedicar (por fin) a entramar mi propia novela de Sci-fi de manera que el gran Asimov no se revuelva en su tumba.

Si aparecen vídeos de la presentación os los paso.


Joan

jueves, 15 de octubre de 2009

Posible monólogo para Cuento Atrás


Estos días he estado realizando un monólogo para la presentación del libro con la antología de relatos del "Aula de Escritores" de este año, titulada "Cuento Atrás".

No sé si lo elegirán, a si que es posible y probable que no vea la luz.

¿Qué os parece? Aún estoy a tiempo de cambiarlo, en todo caso. No os cortéis, aportad ideas y señaladme fallos.

Y comienza así:

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(Si hay poca gente, este párrafo se leerá con tono irónico, se ha de gesticular subrayando lo dicho)

¡Cuánta gente! Ya sabéis que aquí no repartimos bocadillos ¿no? (girándome hacia la mesa presidencial) ¿O es que sellamos gratis los tickets del parking? ¡No creo que entre todos tengamos tantos parientes y amigos!

¿O alguno se ha dejado engañar? Ahora que no nos oye nadie: os están vendido que somos escritores noveles, pero... creedme: son unos cuentistas.

Tal vez esperabais que os hablase un buen escritor, alguien al que le basten unas pocas palabras para expresar grandes cosas. A ver… haceos a la idea de que yo vengo aquí a hacer de mal escritor durante los próximos minutos.

¡Ah! Recuerdo cuando empecé en esto de garabatear: Fue una necesidad interior, ya en mis años de colegio; necesidad que no satisfice, cuando aquellos gamberros me encerraron en el váter, después de darme más ostias que un cura en toda su vida. Con mis morros inflados no podía hablar, pero encontré un boli BIC cristal (que escribe lo normal), así que, con mano trémula por el derrame cerebral, garabateé "Socorro, estoy encerrado" en un trozo de papel de váter que, acto seguido, colé por debajo de la puerta. La hoja tardó poco en regresar por donde había venido, con un nuevo mensaje: "Socorro va con dos erres, ‘atontao’".

Cosme, el conserje: mi primer crítico, y un grandísimo…crítico.

Sobrevivir gracias a la escritura: un sueño alcanzable; leyendo mis relatos, los gamberros no me sacudían. “Es que viendo lo malo que eres, me parto la caja y pierdo puntería”, me decían. Yo sonreía y me iba de rositas.

¡Qué estupenda la literatura y qué cruel la realidad! Cuando el encanto desaparecía y el ariete que golpeaba la muralla del castillo pasaba a ser mi madre golpeando la puerta del lavabo, preguntando si tenía colitis o me había muerto.
Al final se iba, dejando caer un “¡que te vas a quedar ciego…ego..go!" que se iba perdiendo por el pasillo.

(Extrañado, al público) ¿Ciego? ¡Pero si con la luz del lavabo leo perfectamente!

(Tristeza y patetismo) Pero, un buen día, aborrecí la escritura: una semana perdí escribiendo la carta de amor perfecta; una fracción de segundo tardó Fernández, el más bruto de los gamberros, en tumbarme de un guantazo por acercarme a la Vane; acto superviril que hizo que ella se prendara de él.

Asqueado de todo, dejé la escuela. Sólo una persona tubo unas palabras para mí: ¡Adiós, “Socoro”!, Sí amigos: Cosme, conserje y crítico imprescindible: no había manera de prescindir de él.

¿Por qué retomé la literatura, tantísimos años después?

¡Hombre, yo pensaba que en las escuelas de escritura, con el rollo del ambiente bohemio y tal, se ligaba! (levantando la cara como si los demás no se lo creyeran) ¡Eh! ¡Que es verdad!: todos los demás ligan.

También venía a llevarme una pasta, como la escritora de “Harry Potter” o el sueco éste, el Larsson. No es tan difícil: tan sólo hay que acercarse a la escuela y pedir un cruasán en la panadería de al lado.

Bueno… hay algo más. ¿Alguna vez os habéis saltado vuestra estación y llegado tarde al trabajo, porque estabais totalmente absortos en un libro? Dos cosas: una, como sigáis así, os veo engrosando aún más las colas de la INEM, claro que entonces tendríais tiempo de sobras para leer este maravilloso y exclusivo libro (enseña el libro en plan azafata del un-dos-tres) y dos, que podréis intuir lo bien que te sientes cuando ves que el texto que te está atrapando lo estás escribiendo tú.

Yo también lo intuyo.

Debe de ser la ostia: como si Elsa Pataky tropezara al caérsele la falda y te cayera en los brazos, mientras en el televisor de un escaparate el Barça ganara la liga, y tú la quiniela con más bote de la historia.

(Pausa en silencio, mirando al público) Bueno… a lo mejor Elsa Pataky está sin depilar. (Gesto de oye, disculpa si exagero)

Aunque también tuvieron su peso las recomendaciones de mi psicólogo:

(Lloroso y gesticulando desesperado)

¡Tiooooo! ¡Que hace veinte años que vieneeeesss! ¡Por favooorrrr! ¡Que me haces gastar en mis colegas el triple de lo que me pagas! ¿Qué buscas? ¿Hundirme? ¡Déjame en paz! ¡Déjame vivir! (llorando) Joder con el “Socoro” de los cojones.

(Totalmente serio y ofendido) ¿Que os parece el señorito tiquismiquis?, bueno, yo que pillo las indirectas a la primera, intenté ocupar mi tiempo en un curso de cocina. El “Hospital Clínic” retiró los cargos por envenenamiento, si prometía no volver a cocinar. Después hice un cursillo de jardinería. El primer día me tocó regar las plantas exóticas y confundí las garrafas de agua con las de salfuman. (Buscando comprensión) ¿Cómo iba a saberlo? Si un agua huele rara, no la pruebo.

Un amigo me recomendó un aula de escritura en el barrio de Gracia: “Los seres vivos te lo agradecerán”, me dijo.

Aquella misma noche la busqué. Vi la luz al final del camino… un camión de la basura. Al lado, un farol de luz blanca, nada que ver con los rojos que suelo frecuentar.

Caí de rodillas: “Aula de Escritores”, rezaba el cartel. Jopé, si hasta se me escapó una lágrima y entonces… entonces me di cuenta de que las calles de Gracia tienen demasiados perros. ¡Cómo me había puesto!

Al día siguiente me apunté, a pesar del mal rollo que me dio aquella sala con un suelo de baldosas de colores más propios de un mortero de All i Oli.

Que ilusión, rodeado de gentes de todas las edades y colores, como si salieras en un anuncio de Benetton.

Que bonito ver a esa nieta leyendo, mientras la abuela le va dando trozos de magdalena. ¿Y qué si no había dios que se enterara de la lectura?

Y ese joven profesor de mirada soñadora, sentado ligeramente encorvado, con ese cigarrillo humeante en la punta de los dedos… “¡Ostia! ¡Qué Bohemio!” pensé; La verdad es que debí avisarle antes de hacerle la foto con el flash. Claro que, por otro lado, lo espabilé bastante, a juzgar por la bronca que le dio al perchero.

Pero, porque uno le acaba cogiendo cariño hasta a un hámster, que si no… eso de que cada vez que le pasan un escrito suelte: “¿Quién lo lee?” en fin… el curso no es tan barato: me diréis que no había profesores en paro capaces de leer.

Siempre recordaré mi primera lectura. No entiendo por que no está en la antología: (ejem) “Ana, catalana como la Tramontana, ufana en una palangana, por culpa de una almorrana, se comía una banana mirando una rana en la ventana…” ¡Qué imagen más bella!, le decía yo a la minifalda de la chica de enfrente, mientras el profesor lloraba de felicidad y hacía una pausa para celebrarlo con un nuevo lingotazo de coñac.

En serio, todos gente muy atenta: siempre que, tras zamparme dos kilos de kikos en medio de una lectura, me levanto para ir al lavabo soltando un sonoro cuesco, todos me miran con cara de preocupación, ofreciéndome unos folios usados “¡Tranquilos!”, les digo sonriente, enseñándoles mi rollo de Scotex.

Yo les devolvía la cortesía en lo posible: leía marcando todas las sílabas, lentamente, para que nadie se perdiera. Alguno exclamó “¡Lees un asesinato como si fuera el prospecto de un supositorio!” Me emocioné; así había aprendido a leer.

Se lo ponía tan fácil que alguno se dormía. No pasa nada; normalmente, cuando los demás leen, me quedo frito como una gallina hipnotizada y sólo me despiertan mis propios globos de chicle. Una vez estuve a punto de abrirme la crisma, pero sólo se me cayó mi portátil al suelo. Menos mal que disimulé, rompiendo a aplaudir.

Aunque quizás tengan razón al quejarse sobre mi excesivo uso de las minúsculas. (Mirando al público) Ahorro papel, usando letras “chiquitiiiicas”, “chiquitiiiicas”. Recurro a la picaresca; mis compañeros, al oftalmólogo.

Todavía no entiendo algunas críticas de mis compañeros:

“Me he perdido”

¡Pero si estás ahí! (señalando con cara de loco)

Pero aquí no se andan con ostias; bueno, sí, a la que escribes una tontería, no faltaba una mano amiga que te reajusta las ideas, aunque para ello te tengan que hacer rebotar entre las manos de todos, como una bola de pinball.

Total, ya estaba acostumbrado; así que a lo tonto a lo tonto, aquí estoy, presentando (Tomando el libro) este bloque de papeles, que no será un libro hasta que lo leáis.

Supone la descarga del contenido de las mentes de 69 personas, tan cargadas de imaginación que si no lo hacen, revientan.

Además, entre tantos, es posible que salga un personaje famoso. Recordad que es una edición muy limitada y podría acabar valiendo un pastón. Si no os gusta algún relato ¡Da iguaaaal! ¡Si son de poquísimas páginas! ¡Más se perdió en cuba! ¡Seguro que el siguiente os encanta!

También sirve para evitar que una mesa cojee y para apagar el televisor a distancia.

69 autores… no me dirán que no es un número… excitante. Cómprenlo, cómprenselo y así nos levantarán la moral, en esos momentos desesperantes en los que uno intenta todos los trucos para que venga la inspiración: “Busca nuevos significados entre las palabras”, te dicen los libros. “Súbete a un autobús y mira lo que hace la gente, por ejemplo” Pues la gente te mira. Te mira más. Se levanta y después ¡Pumba! Guantazo que te crío. Reconocí las clásicas ostias de Fernández, más mayor y currado en el gimnasio; se largó murmurando:

“Si tenia que ser gay. Joder con el “Socoro” de los cojones.”

Muchas gracias, les agradezco que hayan aguantado mis batallitas. ¡Hasta otra!

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Joan Villora Jofré (Jueves 15-Octubre-2009)

martes, 29 de septiembre de 2009

El azul de mis venas

La llama azulada del fogón lame la cafetera con un fuego tan frío como el de mi sangre. Hoy se cumple una semana desde que enterré a mi hijo; pero él no ha vuelto a nombrarle.

Ahora que me falta Pablo, mi reflejo en las ollas me grita que ya sólo soy una vieja gruesa y ojerosa; incluso la cocina parece aún más pequeña: a esto se ha visto reducido todo el mundo que mi marido me prometió.

—¡Paloma! ¿Dónde está mi café? —grita Fermín desde la terraza, levantando la voz entre los últimos compases del “Cara al Sol” de la radio.

Para él, hoy sólo es el vigésimo aniversario del alzamiento nacional.

Saco la cafetera del fuego y lleno una taza; la pongo en una bandeja, “como tiene que ser”, y dejo caer una gota de leche de almendras en el líquido oscuro; mientras la mezclo con la cucharilla, sólo puedo pensar que me ha quitado lo único que me dio que valía la pena.

—¡Paloma! —vuelve a gritar, fustigándome con su voz.

Abandono la cocina y, tras avanzar entre la penumbra del pasillo, salgo a la luz y al estruendo de la terraza.

Me doy cuenta de que las vistas ya no me conmueven: ni las casitas donde crecí, ni el mar, ni el cielo. Los trinos de las golondrinas, ahogados por una marcha militar, son el único saludo que recibo.
El viejo está sentado junto a la mesa redonda de mimbre: encorvado, ceñudo y con la mirada clavada en el periódico. ¡Y se ha puesto la gorra roja y la camisa azul de su odioso uniforme de la Falange!

—¡Siempre tan lenta para todo! —dice, chasqueando la lengua en señal de disgusto.
—¿Tenías que vestirte así? —le digo, apenas disimulando mi asco.
—¡El azul de esta camisa corre por mis venas! ¡Entérate, mujer!

No es el único al que el veneno le rezuma por las venas: mi azul tizna el aire que respira y el cielo que le envuelve, incluso el mar que se ve y oye desde la terraza.
Mirando las arrugas de su rostro enjuto, me pregunto qué vi en aquel hombre bajo y de bigotito ridículo que, como cada tarde, toma la bandeja y ni me mira.

Pero hoy el timbre de la puerta me deja helada.

—Buenas tardes, señora Pardo. ¿Cómo se encuentra?

El fornido joven de elegante traje a rayas que me sonríe en el umbral es Alberto, el niñito rubio de grandes ojos claros que me pedía caramelos cuando yo aún trabajaba en la farmacia de su familia. Fue el fuerte brazo del joven el que me sostuvo en el entierro; sus ojos los que lloraron a mi hijo, mientras Fermín evitaba asistir, fingiendo estar enfermo.
¿Cómo cerrarle la puerta, a pesar de todo?

—Ya lo ves. Vamos tirando. ¿Qué otra cosa podemos hacer? Pasa, no te quedes en la puerta —digo, mientras me muerdo los labios, le cojo del brazo y le acompaño hasta la terraza.

Mi marido nunca ha sido amante de las visitas, pero un cierto servilismo le obliga a bajar el volumen de la radio y levantarse a recibir al antiguo jefe de su hijo; al fin y al cabo, cuando Alberto regresó de la ciudad con la carrera de medicina terminada y el deseo de conservar el negocio familiar a la muerte de su padre, fue él el que le sugirió que tomara a Pablo como dependiente “para hacer de él un hombre”.

—Siento que usted no pudiera asistir al entierro. Quería darle mi pésame personalmente —dice el joven, estrechándole la mano.
—Gracias —responde Fermín, sin mirarle a la cara.
—Nunca me dio un motivo de queja, aunque entiendo que trabajar en una farmacia no podía compararse a su sueño de ser pintor. Era una persona de una gran sensibilidad.

Ante la sorpresa de Alberto, la cara de mi marido se torna escarlata.

—¿Qué coño ha querido decir con sensible? ¡Creí que era un amigo! ¿Un hijo mío… sensible? ¡Antes...!

No puedo contenerme.

—¡Antes muerto! ¿Verdad? —grito, fuera de mí— ¡Desde que viste sus dibujos, ya no podías seguir engañándote! ¡Fuertes manos que parecían salir del papel! ¡Espaldas de músculos tensos y vivos!
—¡Calla, desgraciada!¡No estamos solos!
—Él te quería. ¡Jamás te hubiera alzado la mano!; pero tú… ¡casi lo matas de la paliza! Le humillaste, le dijiste que no volviera hasta que te demostrara que tenía sangre en las venas. ¡Le mataste!

Mi marido me cierra la boca de un puñetazo; aún conserva fuerzas suficientes como para tirarme al suelo.

—¿Fue el día que le encontró muerto en la bañera? ¿Fue ese día? —exclama Alberto, dedicándome una fugaz mirada tras aferrar a Fermín por la camisa y la garganta.

Asentí. Mi sangre sobre el terrazo me recuerda otras baldosas teñidas de rojo, por siempre azules, donde se reflejaba el cuerpo desnudo y frío de Pablo: se había cortado las venas con la navaja de afeitar de su padre.
En aquel momento morí, y todo aquel azul entró en mi carcasa reseca, ya vacía y helada.

—¡Hijo de perra! ¡Desgraciado! Debería…

Alberto calla. Ha visto los dedos de Fermín, cuyas uñas azuladas me delatan ¿Habrá comprendido el propósito real del cianuro que le pedí? Ya todo me da igual. No me importa que se sepa que ahora que mi hijo ha perdido su vida gota a gota, Fermín esta perdiendo la suya taza a taza.

—Incluso quemó todos sus dibujos y fotos —añado, llorosa—. No me dejó nada.
Incrédula, observo la expresión dura con la que el joven mira a mi marido; nunca hubiera pensado que aquellos ojos pudieran llegar a ser de un azul tan oscuro e intenso. Disfruto el miedo en la mirada de Fermín, que apenas roza el suelo con la puntera de los zapatos.

—Déjale, Alberto. Es mi marido —digo, cogiendo el hombro del joven.

Era yo la que me había dejado engañar por aquel sargento de los nacionales, que me hablaba de su soledad y siempre tenía una palabra amable. En cuanto nos casamos, me hizo abandonar mi trabajo en la farmacia: una sirvienta y una puta era lo que buscaba.
Alberto termina por soltarle.

—¡No… te atrevas a volver a tocarme! ¡Si cuentas algo de todo esto, yo…! —grita mi marido, casi sin voz.
—¡Como le vea un sólo cardenal a su mujer, ese será el menor de sus problemas!
—Te acordarás de mí ¡No vuelvas a esta casa! ¡Paloma, enséñale dónde está la puerta! ¡Y no te entretengas! Tráeme otro café ¡Éste está helado!

Mi marido se sienta con dificultad. Yo voy tras Alberto.
Cuando éste llega a la puerta, la abre y sale sin volverse a mirarme; pero, tras un instante de vacilación, se detiene en el umbral.

—Cuando él muera, llámeme; recuerde que soy médico… y un amigo.

Asiento con la cabeza, aunque no me mira.

—Ojalá supiera expresarle cuánto amé a su hijo.

Paralizada, reconozco aquellas fuertes espaldas, aquellas manos dibujadas con tanto detalle.

“No olvide llevarle el café”, le oigo decir antes de que cierre la puerta.


Joan Villora Jofré


viernes, 25 de septiembre de 2009

Entre Sombras

Han pasado más de veinte años y aún siento un nudo en el estómago cada vez que me acerco a este ancho portal de hierro. Me cuesta creer que ya no esté ahí, intentando atraparme.

Recuerdo las primeras semanas tras su muerte, cuando yo apenas tenía ocho años. El “Sube, Quique” de mi madre a través del portero electrónico, cuando cada tarde volvía del colegio y mis pasos terminaban por dejarme, muerto de miedo, frente a las rejas metálicas pintadas en blanco y negro de esta puerta acristalada.

En cuanto se abría, y el frío del amplio rellano se filtraba bajo mis pantalones cortos, yo la empujaba con cuidado hasta la posición en la que tardaba más en cerrarse. Para entonces, ya notaba su presencia invisible justo detrás de mí; pero él apenas percibía este mundo. Sin atreverme a perder la calma, o provocar el más mínimo ruido, aferraba el asa de la cartera del colegio y, soltando la puerta, echaba a correr como un loco hacia la escalera. No sé cómo se me había metido en la cabeza que si lograba sobrepasar el tercer escalón él ya no podría seguirme.

Primer escalón… segundo… ¡tercero! Entonces, el estrépito de la puerta me sobresaltaba, y yo continuaba subiendo, sin mirar atrás, forzándome a ir cada vez más deprisa para alejarme de la figura invisible que imaginaba rabiosa y frustrada. Llegaba asfixiado al primero primera, clavando mi dedo índice en el timbre de casa.

Sólo me sentía a salvo cuando hundía la cabeza en el delantal de mamá y ella me abrazaba.

Mi madre, “la señora Paquita”, era regordeta como una muñeca de trapo, pero no tenía nada de blanda: el día que mi padre llegó a casa borracho y le dio por golpearme con más saña que nunca, aquella mujer bajita y dulce corrió a la cocina y, tomando la sartén más grande sobre los fogones, atacó decidida a un hombre furioso que la doblaba en tamaño. Le recuerdo huyendo de casa. Oí cómo tropezaba y rodaba por las escaleras hasta caer en el rellano, provocando los gritos histéricos de alguna de las vecinas.

Ahora que tengo las piernas mucho más largas y que apenas he de apresurarme, ni siquiera noto su presencia. El golpe de la puerta al cerrarse me sorprende en el primer piso, llamando a casa de mi madre. Cuando sale, fuerzo una sonrisa a sabiendas del mal estado de mis dientes. Está pálida, aún más débil y vieja.

—Hola, mamá.

Su mirada triste me duele más que nunca.

—Hola, Enrique —me dice, mientras le planto un par de besos—. ¿Ya has encontrado trabajo? —pregunta, bajando la mirada al dejarme pasar.

—Ayer tuve una entrevista. Supongo que me llamarán —miento, esperando que mi ropa no huela demasiado.

Evito verme en el espejo del recibidor, topándome con una vieja foto mía sobre el pequeño mueble de la entrada. En ella, mi piel aún es clara; mis ojos castaños, alegres; mi melena, espesa y libre de canas.

Sigo a mi madre por el pasillo. Anda arrastrando las zapatillas por culpa de la artrosis, pero ella camina poco, ya que el piso es pequeño; aunque lo cambiaría con gusto por la chabola donde malvivo. Llegamos al comedor. Salvo por un pequeño televisor apagado, todo es viejo, aunque limpio y bien cuidado. Me pongo cómodo en el sillón de mi padre, con las manos sobre la mesa de madera donde mi madre me ayudaba a hacer los deberes, aunque estuviera cansada de fregar suelos. ¡Qué recuerdos!

—Espérame aquí, que cenarás algo. ¿Quieres una tortilla, hijo?

—¡Sí! —digo, quizás algo impaciente.

En cuanto me da la espalda, me lanzo a por el bolso colgado sobre una de las sillas. Sonrío al encontrar el monedero. Maldición. Sólo tiene un billete de veinte ¡Un puto billete de veinte! Veo mi cara furiosa reflejada en el televisor: ojos saltones, mejillas delgadas y amarillentas, dientes podridos.

La viva imagen de mi padre.

Me pongo tan nervioso, que ni me doy cuenta de que ella me está espiando desde el pasillo. Se acerca y, sin decir nada, me levanta la manga izquierda de la camisa. Al ver la gran cantidad de pinchazos, se aparta de mí negando con la cabeza.

—¡No pasaré por esto otra vez! ¡Vete! ¡Vete y no vuelvas! Vete… —repite.

Algo pasa. Se encoge y, emitiendo un quejido, se lleva una mano al pecho, mirándome fijamente a los ojos.

—¿Mamá? —exclamo, mientras ella cae de rodillas.

Sin decir nada, me señala el teléfono sobre una repisa del armario junto al televisor. Doy un paso hacia él… y me detengo. He recordado que soy su único heredero. Ella sigue señalándome el teléfono, hasta que comprende que la heroína ya me ha helado el corazón.

Sus ojos se clavan en los míos.

—Eres… como él… —me susurra en un hilo de voz, su último aliento.

Aparto la cara para evitar su mirada; pero el vidrio negro del televisor me muestra a mi madre mirándome sin ver, tumbada en el suelo. Estoy loco: creo que mi reflejo junto a ella sonríe.

Cierro los ojos y huyo del comedor cerrando la puerta. Sin apenas darme cuenta, entro en la cocina, abro el grifo y me echo agua en la cara y la nuca.

—¡Mamá! —exclamo, sollozando desesperadamente sobre el fregadero.

Entonces me incorporo, sorprendido: me ha parecido oír el roce de sus zapatillas. No puede ser.

Me quedo en silencio y escucho. Nada. Cuando ya casi me he convencido de que son los vecinos de arriba, lo vuelvo a oír. Sin duda, el sonido se ha detenido tras la puerta del comedor. Me la quedo mirando hasta que veo que el tirador empieza a girar lentamente, con un débil chirrido.

Mi corazón se me dispara en un instante. Corro hasta la puerta que da a la escalera y, tras abrirla, abandono el piso sin molestarme en cerrarla, bajando los escalones de dos en dos.

Estoy a punto de pisar el rellano, cuando me percato de la sombra borrosa que oscurece parte del portal que da a la calle.

Siento una terrible punzada en el pecho. La sombra camina vacilante hacia mí.

Retrocedo sobre mis pasos. Estoy en el primer escalón, sólo tengo que subir dos más. Ya estoy pisando el segundo, cuando el chirriar de unos goznes me hace levantar la vista.

Con la boca abierta, observo cómo la puerta de casa de mi madre se cierra a toda velocidad, terminando por dar un gran portazo.

Joan Villora Jofré


viernes, 18 de septiembre de 2009

Cuento Atrás


Casi sesenta autores le hemos echado cuento como para hacer un libro, que se presentará el próximo día 6 de noviembre a las 19.00 horas en el Àmbit Cultural del Corte Inglés del Portal del Àngel (Barcelona)

Se trata de la antología de relatos del Aula de Escritores de este año, titulada “Cuento Atrás”, donde aparecerán publicados dos de mis relatos: "Entre Sombras" y "El azul de mis venas".

Tenemos página de internet, facebook, twitter...


Corred la voz: cuantos más seamos, más leeremos. La dirección es:

http://www.cuentoatras.com/

Joan


sábado, 12 de septiembre de 2009

Una partícula de luz

Una partícula de luz nace de una pequeña estrella, zambulléndose llena de energía entre los océanos vacíos que separan los cuerpos celestes. Esquiva millones de restos de polvo, mil asteroides, se retuerce al bordear la enorme boca de un hambriento agujero, más que oscuro, negro; ignora los tenues y coloridos velos de diez nebulosas, adelanta a un cometa, esquiva el faro de un púlsar, no se deja deslumbrar por una supernova, evita el abrazo de algún planeta gigantesco, pero árido; por fin cruza un último mar de negrura y tiempo para, ya cansada, deslizarse sobre el hielo de los anillos de Saturno y, de la mano de la luz de la luna, alcanzar la Tierra, abandonando el cielo para caer en el paraíso y morir feliz, fundida un instante con el reflejo de la mirada de la pequeña Ana.

miércoles, 1 de julio de 2009

¡Bienvenidos!


Siempre me ha gustado lo fantástico, dibujar e inventarme historias. Ejercitar la imaginación es como el respirar para mí.

A todo esto, he terminado dos cursos de escritura y he decidido hacer este blog, en el que tendrán cabida mis relatos y mis dibujos.

Espero que os guste.

Joan