martes, 29 de septiembre de 2009

El azul de mis venas

La llama azulada del fogón lame la cafetera con un fuego tan frío como el de mi sangre. Hoy se cumple una semana desde que enterré a mi hijo; pero él no ha vuelto a nombrarle.

Ahora que me falta Pablo, mi reflejo en las ollas me grita que ya sólo soy una vieja gruesa y ojerosa; incluso la cocina parece aún más pequeña: a esto se ha visto reducido todo el mundo que mi marido me prometió.

—¡Paloma! ¿Dónde está mi café? —grita Fermín desde la terraza, levantando la voz entre los últimos compases del “Cara al Sol” de la radio.

Para él, hoy sólo es el vigésimo aniversario del alzamiento nacional.

Saco la cafetera del fuego y lleno una taza; la pongo en una bandeja, “como tiene que ser”, y dejo caer una gota de leche de almendras en el líquido oscuro; mientras la mezclo con la cucharilla, sólo puedo pensar que me ha quitado lo único que me dio que valía la pena.

—¡Paloma! —vuelve a gritar, fustigándome con su voz.

Abandono la cocina y, tras avanzar entre la penumbra del pasillo, salgo a la luz y al estruendo de la terraza.

Me doy cuenta de que las vistas ya no me conmueven: ni las casitas donde crecí, ni el mar, ni el cielo. Los trinos de las golondrinas, ahogados por una marcha militar, son el único saludo que recibo.
El viejo está sentado junto a la mesa redonda de mimbre: encorvado, ceñudo y con la mirada clavada en el periódico. ¡Y se ha puesto la gorra roja y la camisa azul de su odioso uniforme de la Falange!

—¡Siempre tan lenta para todo! —dice, chasqueando la lengua en señal de disgusto.
—¿Tenías que vestirte así? —le digo, apenas disimulando mi asco.
—¡El azul de esta camisa corre por mis venas! ¡Entérate, mujer!

No es el único al que el veneno le rezuma por las venas: mi azul tizna el aire que respira y el cielo que le envuelve, incluso el mar que se ve y oye desde la terraza.
Mirando las arrugas de su rostro enjuto, me pregunto qué vi en aquel hombre bajo y de bigotito ridículo que, como cada tarde, toma la bandeja y ni me mira.

Pero hoy el timbre de la puerta me deja helada.

—Buenas tardes, señora Pardo. ¿Cómo se encuentra?

El fornido joven de elegante traje a rayas que me sonríe en el umbral es Alberto, el niñito rubio de grandes ojos claros que me pedía caramelos cuando yo aún trabajaba en la farmacia de su familia. Fue el fuerte brazo del joven el que me sostuvo en el entierro; sus ojos los que lloraron a mi hijo, mientras Fermín evitaba asistir, fingiendo estar enfermo.
¿Cómo cerrarle la puerta, a pesar de todo?

—Ya lo ves. Vamos tirando. ¿Qué otra cosa podemos hacer? Pasa, no te quedes en la puerta —digo, mientras me muerdo los labios, le cojo del brazo y le acompaño hasta la terraza.

Mi marido nunca ha sido amante de las visitas, pero un cierto servilismo le obliga a bajar el volumen de la radio y levantarse a recibir al antiguo jefe de su hijo; al fin y al cabo, cuando Alberto regresó de la ciudad con la carrera de medicina terminada y el deseo de conservar el negocio familiar a la muerte de su padre, fue él el que le sugirió que tomara a Pablo como dependiente “para hacer de él un hombre”.

—Siento que usted no pudiera asistir al entierro. Quería darle mi pésame personalmente —dice el joven, estrechándole la mano.
—Gracias —responde Fermín, sin mirarle a la cara.
—Nunca me dio un motivo de queja, aunque entiendo que trabajar en una farmacia no podía compararse a su sueño de ser pintor. Era una persona de una gran sensibilidad.

Ante la sorpresa de Alberto, la cara de mi marido se torna escarlata.

—¿Qué coño ha querido decir con sensible? ¡Creí que era un amigo! ¿Un hijo mío… sensible? ¡Antes...!

No puedo contenerme.

—¡Antes muerto! ¿Verdad? —grito, fuera de mí— ¡Desde que viste sus dibujos, ya no podías seguir engañándote! ¡Fuertes manos que parecían salir del papel! ¡Espaldas de músculos tensos y vivos!
—¡Calla, desgraciada!¡No estamos solos!
—Él te quería. ¡Jamás te hubiera alzado la mano!; pero tú… ¡casi lo matas de la paliza! Le humillaste, le dijiste que no volviera hasta que te demostrara que tenía sangre en las venas. ¡Le mataste!

Mi marido me cierra la boca de un puñetazo; aún conserva fuerzas suficientes como para tirarme al suelo.

—¿Fue el día que le encontró muerto en la bañera? ¿Fue ese día? —exclama Alberto, dedicándome una fugaz mirada tras aferrar a Fermín por la camisa y la garganta.

Asentí. Mi sangre sobre el terrazo me recuerda otras baldosas teñidas de rojo, por siempre azules, donde se reflejaba el cuerpo desnudo y frío de Pablo: se había cortado las venas con la navaja de afeitar de su padre.
En aquel momento morí, y todo aquel azul entró en mi carcasa reseca, ya vacía y helada.

—¡Hijo de perra! ¡Desgraciado! Debería…

Alberto calla. Ha visto los dedos de Fermín, cuyas uñas azuladas me delatan ¿Habrá comprendido el propósito real del cianuro que le pedí? Ya todo me da igual. No me importa que se sepa que ahora que mi hijo ha perdido su vida gota a gota, Fermín esta perdiendo la suya taza a taza.

—Incluso quemó todos sus dibujos y fotos —añado, llorosa—. No me dejó nada.
Incrédula, observo la expresión dura con la que el joven mira a mi marido; nunca hubiera pensado que aquellos ojos pudieran llegar a ser de un azul tan oscuro e intenso. Disfruto el miedo en la mirada de Fermín, que apenas roza el suelo con la puntera de los zapatos.

—Déjale, Alberto. Es mi marido —digo, cogiendo el hombro del joven.

Era yo la que me había dejado engañar por aquel sargento de los nacionales, que me hablaba de su soledad y siempre tenía una palabra amable. En cuanto nos casamos, me hizo abandonar mi trabajo en la farmacia: una sirvienta y una puta era lo que buscaba.
Alberto termina por soltarle.

—¡No… te atrevas a volver a tocarme! ¡Si cuentas algo de todo esto, yo…! —grita mi marido, casi sin voz.
—¡Como le vea un sólo cardenal a su mujer, ese será el menor de sus problemas!
—Te acordarás de mí ¡No vuelvas a esta casa! ¡Paloma, enséñale dónde está la puerta! ¡Y no te entretengas! Tráeme otro café ¡Éste está helado!

Mi marido se sienta con dificultad. Yo voy tras Alberto.
Cuando éste llega a la puerta, la abre y sale sin volverse a mirarme; pero, tras un instante de vacilación, se detiene en el umbral.

—Cuando él muera, llámeme; recuerde que soy médico… y un amigo.

Asiento con la cabeza, aunque no me mira.

—Ojalá supiera expresarle cuánto amé a su hijo.

Paralizada, reconozco aquellas fuertes espaldas, aquellas manos dibujadas con tanto detalle.

“No olvide llevarle el café”, le oigo decir antes de que cierre la puerta.


Joan Villora Jofré


viernes, 25 de septiembre de 2009

Entre Sombras

Han pasado más de veinte años y aún siento un nudo en el estómago cada vez que me acerco a este ancho portal de hierro. Me cuesta creer que ya no esté ahí, intentando atraparme.

Recuerdo las primeras semanas tras su muerte, cuando yo apenas tenía ocho años. El “Sube, Quique” de mi madre a través del portero electrónico, cuando cada tarde volvía del colegio y mis pasos terminaban por dejarme, muerto de miedo, frente a las rejas metálicas pintadas en blanco y negro de esta puerta acristalada.

En cuanto se abría, y el frío del amplio rellano se filtraba bajo mis pantalones cortos, yo la empujaba con cuidado hasta la posición en la que tardaba más en cerrarse. Para entonces, ya notaba su presencia invisible justo detrás de mí; pero él apenas percibía este mundo. Sin atreverme a perder la calma, o provocar el más mínimo ruido, aferraba el asa de la cartera del colegio y, soltando la puerta, echaba a correr como un loco hacia la escalera. No sé cómo se me había metido en la cabeza que si lograba sobrepasar el tercer escalón él ya no podría seguirme.

Primer escalón… segundo… ¡tercero! Entonces, el estrépito de la puerta me sobresaltaba, y yo continuaba subiendo, sin mirar atrás, forzándome a ir cada vez más deprisa para alejarme de la figura invisible que imaginaba rabiosa y frustrada. Llegaba asfixiado al primero primera, clavando mi dedo índice en el timbre de casa.

Sólo me sentía a salvo cuando hundía la cabeza en el delantal de mamá y ella me abrazaba.

Mi madre, “la señora Paquita”, era regordeta como una muñeca de trapo, pero no tenía nada de blanda: el día que mi padre llegó a casa borracho y le dio por golpearme con más saña que nunca, aquella mujer bajita y dulce corrió a la cocina y, tomando la sartén más grande sobre los fogones, atacó decidida a un hombre furioso que la doblaba en tamaño. Le recuerdo huyendo de casa. Oí cómo tropezaba y rodaba por las escaleras hasta caer en el rellano, provocando los gritos histéricos de alguna de las vecinas.

Ahora que tengo las piernas mucho más largas y que apenas he de apresurarme, ni siquiera noto su presencia. El golpe de la puerta al cerrarse me sorprende en el primer piso, llamando a casa de mi madre. Cuando sale, fuerzo una sonrisa a sabiendas del mal estado de mis dientes. Está pálida, aún más débil y vieja.

—Hola, mamá.

Su mirada triste me duele más que nunca.

—Hola, Enrique —me dice, mientras le planto un par de besos—. ¿Ya has encontrado trabajo? —pregunta, bajando la mirada al dejarme pasar.

—Ayer tuve una entrevista. Supongo que me llamarán —miento, esperando que mi ropa no huela demasiado.

Evito verme en el espejo del recibidor, topándome con una vieja foto mía sobre el pequeño mueble de la entrada. En ella, mi piel aún es clara; mis ojos castaños, alegres; mi melena, espesa y libre de canas.

Sigo a mi madre por el pasillo. Anda arrastrando las zapatillas por culpa de la artrosis, pero ella camina poco, ya que el piso es pequeño; aunque lo cambiaría con gusto por la chabola donde malvivo. Llegamos al comedor. Salvo por un pequeño televisor apagado, todo es viejo, aunque limpio y bien cuidado. Me pongo cómodo en el sillón de mi padre, con las manos sobre la mesa de madera donde mi madre me ayudaba a hacer los deberes, aunque estuviera cansada de fregar suelos. ¡Qué recuerdos!

—Espérame aquí, que cenarás algo. ¿Quieres una tortilla, hijo?

—¡Sí! —digo, quizás algo impaciente.

En cuanto me da la espalda, me lanzo a por el bolso colgado sobre una de las sillas. Sonrío al encontrar el monedero. Maldición. Sólo tiene un billete de veinte ¡Un puto billete de veinte! Veo mi cara furiosa reflejada en el televisor: ojos saltones, mejillas delgadas y amarillentas, dientes podridos.

La viva imagen de mi padre.

Me pongo tan nervioso, que ni me doy cuenta de que ella me está espiando desde el pasillo. Se acerca y, sin decir nada, me levanta la manga izquierda de la camisa. Al ver la gran cantidad de pinchazos, se aparta de mí negando con la cabeza.

—¡No pasaré por esto otra vez! ¡Vete! ¡Vete y no vuelvas! Vete… —repite.

Algo pasa. Se encoge y, emitiendo un quejido, se lleva una mano al pecho, mirándome fijamente a los ojos.

—¿Mamá? —exclamo, mientras ella cae de rodillas.

Sin decir nada, me señala el teléfono sobre una repisa del armario junto al televisor. Doy un paso hacia él… y me detengo. He recordado que soy su único heredero. Ella sigue señalándome el teléfono, hasta que comprende que la heroína ya me ha helado el corazón.

Sus ojos se clavan en los míos.

—Eres… como él… —me susurra en un hilo de voz, su último aliento.

Aparto la cara para evitar su mirada; pero el vidrio negro del televisor me muestra a mi madre mirándome sin ver, tumbada en el suelo. Estoy loco: creo que mi reflejo junto a ella sonríe.

Cierro los ojos y huyo del comedor cerrando la puerta. Sin apenas darme cuenta, entro en la cocina, abro el grifo y me echo agua en la cara y la nuca.

—¡Mamá! —exclamo, sollozando desesperadamente sobre el fregadero.

Entonces me incorporo, sorprendido: me ha parecido oír el roce de sus zapatillas. No puede ser.

Me quedo en silencio y escucho. Nada. Cuando ya casi me he convencido de que son los vecinos de arriba, lo vuelvo a oír. Sin duda, el sonido se ha detenido tras la puerta del comedor. Me la quedo mirando hasta que veo que el tirador empieza a girar lentamente, con un débil chirrido.

Mi corazón se me dispara en un instante. Corro hasta la puerta que da a la escalera y, tras abrirla, abandono el piso sin molestarme en cerrarla, bajando los escalones de dos en dos.

Estoy a punto de pisar el rellano, cuando me percato de la sombra borrosa que oscurece parte del portal que da a la calle.

Siento una terrible punzada en el pecho. La sombra camina vacilante hacia mí.

Retrocedo sobre mis pasos. Estoy en el primer escalón, sólo tengo que subir dos más. Ya estoy pisando el segundo, cuando el chirriar de unos goznes me hace levantar la vista.

Con la boca abierta, observo cómo la puerta de casa de mi madre se cierra a toda velocidad, terminando por dar un gran portazo.

Joan Villora Jofré


viernes, 18 de septiembre de 2009

Cuento Atrás


Casi sesenta autores le hemos echado cuento como para hacer un libro, que se presentará el próximo día 6 de noviembre a las 19.00 horas en el Àmbit Cultural del Corte Inglés del Portal del Àngel (Barcelona)

Se trata de la antología de relatos del Aula de Escritores de este año, titulada “Cuento Atrás”, donde aparecerán publicados dos de mis relatos: "Entre Sombras" y "El azul de mis venas".

Tenemos página de internet, facebook, twitter...


Corred la voz: cuantos más seamos, más leeremos. La dirección es:

http://www.cuentoatras.com/

Joan


sábado, 12 de septiembre de 2009

Una partícula de luz

Una partícula de luz nace de una pequeña estrella, zambulléndose llena de energía entre los océanos vacíos que separan los cuerpos celestes. Esquiva millones de restos de polvo, mil asteroides, se retuerce al bordear la enorme boca de un hambriento agujero, más que oscuro, negro; ignora los tenues y coloridos velos de diez nebulosas, adelanta a un cometa, esquiva el faro de un púlsar, no se deja deslumbrar por una supernova, evita el abrazo de algún planeta gigantesco, pero árido; por fin cruza un último mar de negrura y tiempo para, ya cansada, deslizarse sobre el hielo de los anillos de Saturno y, de la mano de la luz de la luna, alcanzar la Tierra, abandonando el cielo para caer en el paraíso y morir feliz, fundida un instante con el reflejo de la mirada de la pequeña Ana.