sábado, 7 de noviembre de 2009

Tras el "Cuento Atrás", un despegue sin problemas


Bueno, aunque parece mentira, el libro “Cuento Atrás” despegó sin problemas.

Buenísimo, pusieron las pilas de "Cuentosatrases" al lado del último bodrio de Dan Brown, como podréis ver en la foto del coleguita Zero (Andrew) Kelvin. Que suerte tuvo el novato ese (Dan Brown, ¿Eh?). Espero que nos llevemos mejores críticas, que no será demasiado difícil.

Los que tenían que leer leyeron sin que les temblara (mucho) la voz. Estaban demasiado cagados para que se les escapara la risa tonta, y que la luz del proyector les cegase ayudó a que no vieran demasiado al público.

Las últimas modificaciones del monólogo, que al final paso a ser una lectura de labios de Oscar Tomé Vilariño (con más voz de locutor que yo, fijo), tuvieron un exitazo escandaloso de risas y aplausos varios, en los que suspiré de alivio al ver que las paridas que eran mías también arrancaban alguna risa (anda que si no llega a ser así), y no desmerecían (demasiado) a las de Oscar, que tiene fama merecida de comediante.

Aunque me tocó las narices que después de modificar el monólogo mil veces, para no ser “incorrecto” en el Corte Inglés, el texto acabara lleno de pajilleros, psiquiatras gays pedófilos, lápices que no eran lápices, felaciones, cabrones… ¿Y mi primera versión era incorrecta por decir “… mi primer crítico y un gran hijo de puta”? ¡Manda Webos! En fin…

Me harté de acumular firmas en los relatos de mi libro. Está garabateado por todas partes. Una ligera incomodidad para los otros autores, pero una pasta para mí si alguno se hace famoso.

Veréis que el gordo con jersey a rayas que sale en medio de las fotos de la presentación, enseñando el libro como un gilipollas, imbuido todavía en el espíritu “Family Guy” era yo (como no), a ver… si llevaba el libro en la mano para que me lo firmaran, ¡pues que se vea, joder!

Aunque tengo que perder unos veinte kilos antes de dejar que me hagan más fotos.

Como dicen en mi tierra “Mare de Déu Senyor” que es más o menos “¡La virgen! ¡Diooossss!”

Bueno, a ver si preparo la presentación de “La llamada de la aventura” para novela y me puedo dedicar (por fin) a entramar mi propia novela de Sci-fi de manera que el gran Asimov no se revuelva en su tumba.

Si aparecen vídeos de la presentación os los paso.


Joan

jueves, 15 de octubre de 2009

Posible monólogo para Cuento Atrás


Estos días he estado realizando un monólogo para la presentación del libro con la antología de relatos del "Aula de Escritores" de este año, titulada "Cuento Atrás".

No sé si lo elegirán, a si que es posible y probable que no vea la luz.

¿Qué os parece? Aún estoy a tiempo de cambiarlo, en todo caso. No os cortéis, aportad ideas y señaladme fallos.

Y comienza así:

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(Si hay poca gente, este párrafo se leerá con tono irónico, se ha de gesticular subrayando lo dicho)

¡Cuánta gente! Ya sabéis que aquí no repartimos bocadillos ¿no? (girándome hacia la mesa presidencial) ¿O es que sellamos gratis los tickets del parking? ¡No creo que entre todos tengamos tantos parientes y amigos!

¿O alguno se ha dejado engañar? Ahora que no nos oye nadie: os están vendido que somos escritores noveles, pero... creedme: son unos cuentistas.

Tal vez esperabais que os hablase un buen escritor, alguien al que le basten unas pocas palabras para expresar grandes cosas. A ver… haceos a la idea de que yo vengo aquí a hacer de mal escritor durante los próximos minutos.

¡Ah! Recuerdo cuando empecé en esto de garabatear: Fue una necesidad interior, ya en mis años de colegio; necesidad que no satisfice, cuando aquellos gamberros me encerraron en el váter, después de darme más ostias que un cura en toda su vida. Con mis morros inflados no podía hablar, pero encontré un boli BIC cristal (que escribe lo normal), así que, con mano trémula por el derrame cerebral, garabateé "Socorro, estoy encerrado" en un trozo de papel de váter que, acto seguido, colé por debajo de la puerta. La hoja tardó poco en regresar por donde había venido, con un nuevo mensaje: "Socorro va con dos erres, ‘atontao’".

Cosme, el conserje: mi primer crítico, y un grandísimo…crítico.

Sobrevivir gracias a la escritura: un sueño alcanzable; leyendo mis relatos, los gamberros no me sacudían. “Es que viendo lo malo que eres, me parto la caja y pierdo puntería”, me decían. Yo sonreía y me iba de rositas.

¡Qué estupenda la literatura y qué cruel la realidad! Cuando el encanto desaparecía y el ariete que golpeaba la muralla del castillo pasaba a ser mi madre golpeando la puerta del lavabo, preguntando si tenía colitis o me había muerto.
Al final se iba, dejando caer un “¡que te vas a quedar ciego…ego..go!" que se iba perdiendo por el pasillo.

(Extrañado, al público) ¿Ciego? ¡Pero si con la luz del lavabo leo perfectamente!

(Tristeza y patetismo) Pero, un buen día, aborrecí la escritura: una semana perdí escribiendo la carta de amor perfecta; una fracción de segundo tardó Fernández, el más bruto de los gamberros, en tumbarme de un guantazo por acercarme a la Vane; acto superviril que hizo que ella se prendara de él.

Asqueado de todo, dejé la escuela. Sólo una persona tubo unas palabras para mí: ¡Adiós, “Socoro”!, Sí amigos: Cosme, conserje y crítico imprescindible: no había manera de prescindir de él.

¿Por qué retomé la literatura, tantísimos años después?

¡Hombre, yo pensaba que en las escuelas de escritura, con el rollo del ambiente bohemio y tal, se ligaba! (levantando la cara como si los demás no se lo creyeran) ¡Eh! ¡Que es verdad!: todos los demás ligan.

También venía a llevarme una pasta, como la escritora de “Harry Potter” o el sueco éste, el Larsson. No es tan difícil: tan sólo hay que acercarse a la escuela y pedir un cruasán en la panadería de al lado.

Bueno… hay algo más. ¿Alguna vez os habéis saltado vuestra estación y llegado tarde al trabajo, porque estabais totalmente absortos en un libro? Dos cosas: una, como sigáis así, os veo engrosando aún más las colas de la INEM, claro que entonces tendríais tiempo de sobras para leer este maravilloso y exclusivo libro (enseña el libro en plan azafata del un-dos-tres) y dos, que podréis intuir lo bien que te sientes cuando ves que el texto que te está atrapando lo estás escribiendo tú.

Yo también lo intuyo.

Debe de ser la ostia: como si Elsa Pataky tropezara al caérsele la falda y te cayera en los brazos, mientras en el televisor de un escaparate el Barça ganara la liga, y tú la quiniela con más bote de la historia.

(Pausa en silencio, mirando al público) Bueno… a lo mejor Elsa Pataky está sin depilar. (Gesto de oye, disculpa si exagero)

Aunque también tuvieron su peso las recomendaciones de mi psicólogo:

(Lloroso y gesticulando desesperado)

¡Tiooooo! ¡Que hace veinte años que vieneeeesss! ¡Por favooorrrr! ¡Que me haces gastar en mis colegas el triple de lo que me pagas! ¿Qué buscas? ¿Hundirme? ¡Déjame en paz! ¡Déjame vivir! (llorando) Joder con el “Socoro” de los cojones.

(Totalmente serio y ofendido) ¿Que os parece el señorito tiquismiquis?, bueno, yo que pillo las indirectas a la primera, intenté ocupar mi tiempo en un curso de cocina. El “Hospital Clínic” retiró los cargos por envenenamiento, si prometía no volver a cocinar. Después hice un cursillo de jardinería. El primer día me tocó regar las plantas exóticas y confundí las garrafas de agua con las de salfuman. (Buscando comprensión) ¿Cómo iba a saberlo? Si un agua huele rara, no la pruebo.

Un amigo me recomendó un aula de escritura en el barrio de Gracia: “Los seres vivos te lo agradecerán”, me dijo.

Aquella misma noche la busqué. Vi la luz al final del camino… un camión de la basura. Al lado, un farol de luz blanca, nada que ver con los rojos que suelo frecuentar.

Caí de rodillas: “Aula de Escritores”, rezaba el cartel. Jopé, si hasta se me escapó una lágrima y entonces… entonces me di cuenta de que las calles de Gracia tienen demasiados perros. ¡Cómo me había puesto!

Al día siguiente me apunté, a pesar del mal rollo que me dio aquella sala con un suelo de baldosas de colores más propios de un mortero de All i Oli.

Que ilusión, rodeado de gentes de todas las edades y colores, como si salieras en un anuncio de Benetton.

Que bonito ver a esa nieta leyendo, mientras la abuela le va dando trozos de magdalena. ¿Y qué si no había dios que se enterara de la lectura?

Y ese joven profesor de mirada soñadora, sentado ligeramente encorvado, con ese cigarrillo humeante en la punta de los dedos… “¡Ostia! ¡Qué Bohemio!” pensé; La verdad es que debí avisarle antes de hacerle la foto con el flash. Claro que, por otro lado, lo espabilé bastante, a juzgar por la bronca que le dio al perchero.

Pero, porque uno le acaba cogiendo cariño hasta a un hámster, que si no… eso de que cada vez que le pasan un escrito suelte: “¿Quién lo lee?” en fin… el curso no es tan barato: me diréis que no había profesores en paro capaces de leer.

Siempre recordaré mi primera lectura. No entiendo por que no está en la antología: (ejem) “Ana, catalana como la Tramontana, ufana en una palangana, por culpa de una almorrana, se comía una banana mirando una rana en la ventana…” ¡Qué imagen más bella!, le decía yo a la minifalda de la chica de enfrente, mientras el profesor lloraba de felicidad y hacía una pausa para celebrarlo con un nuevo lingotazo de coñac.

En serio, todos gente muy atenta: siempre que, tras zamparme dos kilos de kikos en medio de una lectura, me levanto para ir al lavabo soltando un sonoro cuesco, todos me miran con cara de preocupación, ofreciéndome unos folios usados “¡Tranquilos!”, les digo sonriente, enseñándoles mi rollo de Scotex.

Yo les devolvía la cortesía en lo posible: leía marcando todas las sílabas, lentamente, para que nadie se perdiera. Alguno exclamó “¡Lees un asesinato como si fuera el prospecto de un supositorio!” Me emocioné; así había aprendido a leer.

Se lo ponía tan fácil que alguno se dormía. No pasa nada; normalmente, cuando los demás leen, me quedo frito como una gallina hipnotizada y sólo me despiertan mis propios globos de chicle. Una vez estuve a punto de abrirme la crisma, pero sólo se me cayó mi portátil al suelo. Menos mal que disimulé, rompiendo a aplaudir.

Aunque quizás tengan razón al quejarse sobre mi excesivo uso de las minúsculas. (Mirando al público) Ahorro papel, usando letras “chiquitiiiicas”, “chiquitiiiicas”. Recurro a la picaresca; mis compañeros, al oftalmólogo.

Todavía no entiendo algunas críticas de mis compañeros:

“Me he perdido”

¡Pero si estás ahí! (señalando con cara de loco)

Pero aquí no se andan con ostias; bueno, sí, a la que escribes una tontería, no faltaba una mano amiga que te reajusta las ideas, aunque para ello te tengan que hacer rebotar entre las manos de todos, como una bola de pinball.

Total, ya estaba acostumbrado; así que a lo tonto a lo tonto, aquí estoy, presentando (Tomando el libro) este bloque de papeles, que no será un libro hasta que lo leáis.

Supone la descarga del contenido de las mentes de 69 personas, tan cargadas de imaginación que si no lo hacen, revientan.

Además, entre tantos, es posible que salga un personaje famoso. Recordad que es una edición muy limitada y podría acabar valiendo un pastón. Si no os gusta algún relato ¡Da iguaaaal! ¡Si son de poquísimas páginas! ¡Más se perdió en cuba! ¡Seguro que el siguiente os encanta!

También sirve para evitar que una mesa cojee y para apagar el televisor a distancia.

69 autores… no me dirán que no es un número… excitante. Cómprenlo, cómprenselo y así nos levantarán la moral, en esos momentos desesperantes en los que uno intenta todos los trucos para que venga la inspiración: “Busca nuevos significados entre las palabras”, te dicen los libros. “Súbete a un autobús y mira lo que hace la gente, por ejemplo” Pues la gente te mira. Te mira más. Se levanta y después ¡Pumba! Guantazo que te crío. Reconocí las clásicas ostias de Fernández, más mayor y currado en el gimnasio; se largó murmurando:

“Si tenia que ser gay. Joder con el “Socoro” de los cojones.”

Muchas gracias, les agradezco que hayan aguantado mis batallitas. ¡Hasta otra!

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Joan Villora Jofré (Jueves 15-Octubre-2009)

martes, 29 de septiembre de 2009

El azul de mis venas

La llama azulada del fogón lame la cafetera con un fuego tan frío como el de mi sangre. Hoy se cumple una semana desde que enterré a mi hijo; pero él no ha vuelto a nombrarle.

Ahora que me falta Pablo, mi reflejo en las ollas me grita que ya sólo soy una vieja gruesa y ojerosa; incluso la cocina parece aún más pequeña: a esto se ha visto reducido todo el mundo que mi marido me prometió.

—¡Paloma! ¿Dónde está mi café? —grita Fermín desde la terraza, levantando la voz entre los últimos compases del “Cara al Sol” de la radio.

Para él, hoy sólo es el vigésimo aniversario del alzamiento nacional.

Saco la cafetera del fuego y lleno una taza; la pongo en una bandeja, “como tiene que ser”, y dejo caer una gota de leche de almendras en el líquido oscuro; mientras la mezclo con la cucharilla, sólo puedo pensar que me ha quitado lo único que me dio que valía la pena.

—¡Paloma! —vuelve a gritar, fustigándome con su voz.

Abandono la cocina y, tras avanzar entre la penumbra del pasillo, salgo a la luz y al estruendo de la terraza.

Me doy cuenta de que las vistas ya no me conmueven: ni las casitas donde crecí, ni el mar, ni el cielo. Los trinos de las golondrinas, ahogados por una marcha militar, son el único saludo que recibo.
El viejo está sentado junto a la mesa redonda de mimbre: encorvado, ceñudo y con la mirada clavada en el periódico. ¡Y se ha puesto la gorra roja y la camisa azul de su odioso uniforme de la Falange!

—¡Siempre tan lenta para todo! —dice, chasqueando la lengua en señal de disgusto.
—¿Tenías que vestirte así? —le digo, apenas disimulando mi asco.
—¡El azul de esta camisa corre por mis venas! ¡Entérate, mujer!

No es el único al que el veneno le rezuma por las venas: mi azul tizna el aire que respira y el cielo que le envuelve, incluso el mar que se ve y oye desde la terraza.
Mirando las arrugas de su rostro enjuto, me pregunto qué vi en aquel hombre bajo y de bigotito ridículo que, como cada tarde, toma la bandeja y ni me mira.

Pero hoy el timbre de la puerta me deja helada.

—Buenas tardes, señora Pardo. ¿Cómo se encuentra?

El fornido joven de elegante traje a rayas que me sonríe en el umbral es Alberto, el niñito rubio de grandes ojos claros que me pedía caramelos cuando yo aún trabajaba en la farmacia de su familia. Fue el fuerte brazo del joven el que me sostuvo en el entierro; sus ojos los que lloraron a mi hijo, mientras Fermín evitaba asistir, fingiendo estar enfermo.
¿Cómo cerrarle la puerta, a pesar de todo?

—Ya lo ves. Vamos tirando. ¿Qué otra cosa podemos hacer? Pasa, no te quedes en la puerta —digo, mientras me muerdo los labios, le cojo del brazo y le acompaño hasta la terraza.

Mi marido nunca ha sido amante de las visitas, pero un cierto servilismo le obliga a bajar el volumen de la radio y levantarse a recibir al antiguo jefe de su hijo; al fin y al cabo, cuando Alberto regresó de la ciudad con la carrera de medicina terminada y el deseo de conservar el negocio familiar a la muerte de su padre, fue él el que le sugirió que tomara a Pablo como dependiente “para hacer de él un hombre”.

—Siento que usted no pudiera asistir al entierro. Quería darle mi pésame personalmente —dice el joven, estrechándole la mano.
—Gracias —responde Fermín, sin mirarle a la cara.
—Nunca me dio un motivo de queja, aunque entiendo que trabajar en una farmacia no podía compararse a su sueño de ser pintor. Era una persona de una gran sensibilidad.

Ante la sorpresa de Alberto, la cara de mi marido se torna escarlata.

—¿Qué coño ha querido decir con sensible? ¡Creí que era un amigo! ¿Un hijo mío… sensible? ¡Antes...!

No puedo contenerme.

—¡Antes muerto! ¿Verdad? —grito, fuera de mí— ¡Desde que viste sus dibujos, ya no podías seguir engañándote! ¡Fuertes manos que parecían salir del papel! ¡Espaldas de músculos tensos y vivos!
—¡Calla, desgraciada!¡No estamos solos!
—Él te quería. ¡Jamás te hubiera alzado la mano!; pero tú… ¡casi lo matas de la paliza! Le humillaste, le dijiste que no volviera hasta que te demostrara que tenía sangre en las venas. ¡Le mataste!

Mi marido me cierra la boca de un puñetazo; aún conserva fuerzas suficientes como para tirarme al suelo.

—¿Fue el día que le encontró muerto en la bañera? ¿Fue ese día? —exclama Alberto, dedicándome una fugaz mirada tras aferrar a Fermín por la camisa y la garganta.

Asentí. Mi sangre sobre el terrazo me recuerda otras baldosas teñidas de rojo, por siempre azules, donde se reflejaba el cuerpo desnudo y frío de Pablo: se había cortado las venas con la navaja de afeitar de su padre.
En aquel momento morí, y todo aquel azul entró en mi carcasa reseca, ya vacía y helada.

—¡Hijo de perra! ¡Desgraciado! Debería…

Alberto calla. Ha visto los dedos de Fermín, cuyas uñas azuladas me delatan ¿Habrá comprendido el propósito real del cianuro que le pedí? Ya todo me da igual. No me importa que se sepa que ahora que mi hijo ha perdido su vida gota a gota, Fermín esta perdiendo la suya taza a taza.

—Incluso quemó todos sus dibujos y fotos —añado, llorosa—. No me dejó nada.
Incrédula, observo la expresión dura con la que el joven mira a mi marido; nunca hubiera pensado que aquellos ojos pudieran llegar a ser de un azul tan oscuro e intenso. Disfruto el miedo en la mirada de Fermín, que apenas roza el suelo con la puntera de los zapatos.

—Déjale, Alberto. Es mi marido —digo, cogiendo el hombro del joven.

Era yo la que me había dejado engañar por aquel sargento de los nacionales, que me hablaba de su soledad y siempre tenía una palabra amable. En cuanto nos casamos, me hizo abandonar mi trabajo en la farmacia: una sirvienta y una puta era lo que buscaba.
Alberto termina por soltarle.

—¡No… te atrevas a volver a tocarme! ¡Si cuentas algo de todo esto, yo…! —grita mi marido, casi sin voz.
—¡Como le vea un sólo cardenal a su mujer, ese será el menor de sus problemas!
—Te acordarás de mí ¡No vuelvas a esta casa! ¡Paloma, enséñale dónde está la puerta! ¡Y no te entretengas! Tráeme otro café ¡Éste está helado!

Mi marido se sienta con dificultad. Yo voy tras Alberto.
Cuando éste llega a la puerta, la abre y sale sin volverse a mirarme; pero, tras un instante de vacilación, se detiene en el umbral.

—Cuando él muera, llámeme; recuerde que soy médico… y un amigo.

Asiento con la cabeza, aunque no me mira.

—Ojalá supiera expresarle cuánto amé a su hijo.

Paralizada, reconozco aquellas fuertes espaldas, aquellas manos dibujadas con tanto detalle.

“No olvide llevarle el café”, le oigo decir antes de que cierre la puerta.


Joan Villora Jofré